Mucho antes de ser villa, fue morada del metal
Según la historia que el propio GAD Municipal de Chordeleg conserva como memoria oficial del cantón, el origen del pueblo se remonta al nacimiento de las tribus cañaris. La leyenda narra que, tras un gran diluvio, dos hermanos lograron sobrevivir refugiándose en la cima del cerro Fasayñan. Uno de ellos tomó como esposa a una mujer con apariencia de guacamaya —mitad ave, mitad mujer—, y de esa unión nacieron los primeros cañaris. No es una anécdota decorativa: es, literalmente, el registro que el cantón usa para explicar su propio origen.
El nombre mismo lo dice, aunque durante años el eslogan turístico local haya preferido otra versión. La lectura más repetida por historiadores y por el propio Municipio hace derivar "Chordeleg" de las voces cañaris Choch o Shor (hoyo, sepulcro) y Deleg (llanura): "Campo del Sepulcro". El lingüista Oswaldo Encalada Vásquez ofrece una segunda lectura, fruto de una hibridación quichua-cañari: churu (caracol, zigzag) y deleg (llanura grande) — "llanura en forma de caracol". Ambas coinciden en algo: la etiqueta de "Chorro de Oro" que a veces se usa para promocionar el cantón es, según el propio Encalada Vásquez, más eslogan que etimología.
Lo que sí es hecho documentado es que este llano fue, en tiempos cañaris, un cementerio sagrado reservado a los principales caciques y reyes de la región, sepultados junto con objetos de oro, plata y cerámica — un privilegio que, según los registros históricos del cantón, no se extendía al resto de la población. Hacia el año 800, en lo alto de una colina hoy conocida como las ruinas de Llaver, se erigió lo que la tradición local describe como un espacio mítico marcado por una formación de piedras con forma de serpiente. Durante generaciones, huaqueros excavaron esas tumbas en busca de las piezas de oro y plata que las acompañaban — el mismo patrimonio arqueológico que el historiador y arzobispo quiteño Federico González Suárez fue de los primeros en documentar de forma sistemática. Antes de que un solo hilo de filigrana se estirara en este valle, la tierra ya sabía que el metal precioso no era una mercancía cualquiera: era lo que se llevaba a la otra vida.